SOBRE LA PERSPECTIVA NECESARIA

Estimadas amigas y amigos de la oración de Jesús, Los saludo en la invocación del Nombre.

En esta breve carta y su anexo he querido sintetizar aspectos claves de comprensión y perspectiva para profundizar nuestro camino de oración.

Adonde uno vaya se lleva a sí mismo.

De tal manera es esto así, que aun visitando el lugar más paradisíaco de la Tierra, no hallará contento quien tenga el corazón turbado. Esta agitación interior contamina el más calmo de los desiertos y no hay reducto en el cual pueda recogerse el que sufre de ansias.

Existe en todos nosotros un deseo de completitud, una aspiración de plenitud. Venidos a la existencia nos hacemos familiares con el querer, con el tender hacia algo; siempre estamos en camino hacia aquello que creemos nos colmará.

El encuentro entre uno y lo querido es considerado como "la felicidad" y este esquivo estado resulta la meta velada o manifiesta de todos los afanes. Es lo que yace detrás de las multitudes de objetos y escenarios diferentes hacia los cuales tendemos de continuo.

Si atentos indagamos en la naturaleza de la felicidad que buscamos, nos encontramos que esta resultaría del logro de todo lo que deseamos para nosotros y otros. Creemos que esto nos daría la paz, el fin del ansia. Infructuosa tarea tiene entre manos el que hacia afuera se lanza buscando lo que está adentro. Ilusorio se vuelve todo avance.

La variación de las situaciones y los contextos, los intereses fluctuantes de las personas, la movilidad de todo lo que forma nuestra vida, muestran al poco tiempo lo equivocado de la vía elegida. No puede fijarse lo externo al hombre. No puede inmovilizarse la existencia en el momento en que se logra alguna satisfacción.

La plenitud es un atributo interior, es resultado de la vida espiritual, viene junto con Cristo y se aloja en la posada del corazón. Quien tiene el alma pacificada, vive la fuerza que ese silenciamiento trae y despliega en el campo que su vocación le marca, el don que posee.

Logrando la paz interior, las acciones se encaran no como apresurada compensación de las carencias, sino para expresar entre los hombres y las cosas los dones adquiridos.

La paz interior o la plenitud de la vida espiritual, no es tampoco un estado inmóvil sino una constante tendencia al centro de la persona. Implica un saber que la resolución de las situaciones parte desde lo espiritual y se expresa en el mundo de la materia, y no a la inversa. Es la clara conciencia de que el sentido de la vida humana radica en la elevación hacia Dios, en el regreso a la casa del Padre.

En cierto modo el problema humano no está en su in-completitud y su ansia, sino en dirigir sus afanes hacia lo fugaz, en gastar la vida en aquello que no lo saciará. El sufrimiento cumple su papel aleccionador cada vez que advertimos que hemos desplazado nuestro centro hacia lo que muere.

No puede el hombre fundar su plenitud y bienestar en lo que es esencialmente transitorio. Y lo único no transitorio es la vida del espíritu. Un espíritu anclado en Dios vive la seguridad de quien ha construido sobre roca.

Por eso, la actividad de vigilancia sobre los pensamientos, llevándolos una y otra vez a la oración de Jesús; el ejercicio de una creciente sobriedad en todo lo concerniente al cuerpo, para tenerlo a nuestro servicio; y el intento constante por sacralizar todas las actividades de la jornada, fortalecen la vida del espíritu en nosotros; alimentamos aquello que no muere, que se sabe en el exilio y que busca lo digno de ser buscado:

Dios y la gracia de Su presencia.

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El lugar de la presencia.
-Anexo a la 6º carta sobre la oración de Jesús-

Es muy frecuente en el camino espiritual el ascenso y la caída. En continua alternancia se suceden, variando apenas la intensidad y frecuencia de los períodos. En momentos de determinación parece apelarse a la voluntad personal y en momentos de mediocridad se recuerda con frecuencia el papel de la gracia.

La relación entre gracia y libertad, entre lo destinado y el libre albedrío, ha sido siempre tema controvertido. Diferentes corrientes de pensamiento, en distintas épocas, han enfatizado uno u otro aspecto del asunto. Pero en la praxis cotidiana de imitar a Cristo, el fiel sufre una lucha entre opuestos aparentes.

Si el creyente se eleva poniendo en práctica los mandamientos y si siente que crece hacia la ciudad celestial, se envanece, por lo cual se le recuerda que ese pretendido ascenso es obra de la Gracia. Es decir, que Dios ha querido darle el don de ir mejorando. Y si antepone el hecho de los esfuerzos realizados para mejorarse y su lucha personal contra el pecado, se le dice que también esos esfuerzos han sido provocados por la Gracia. Así, voluntad y ascenso son obra de Dios.

Pero cuando caído y débil se arrastra en el desánimo y la falta de coherencia, se le dice que es por su voluntad débil, por su personal inclinación al mal. Se supone que debería haber podido evitar la caída, al parecer independientemente de la Gracia. Al debatirse culpable en el fango; se le alienta, diciendo que la caída es fruto de la condición originaria del hombre y que pagamos lo hecho por Adán. Y se le exhorta a pedir la Gracia para seguir adelante y el fiel se queda pensando si este "pedir la gracia" será fruto de la intención personal o Gracia también.

Este ir y venir de los argumentos, mucho más extensos y variados que el breve resumen antedicho, suelen dejar estas cosas en un cierto campo de confusión u oscuridad del entendimiento. De esta suerte las personas van inclinándose de acuerdo a sus particulares tendencias; algunos apoyándose en la actividad y otros en el dejamiento con todos sus matices.

Pero hay algo que viene a barrer con todas las disquisiciones. Algo que libera del ascenso y la caída y que constituye un nuevo nacimiento. Es la experiencia personal de Cristo en el corazón. Ante la experiencia mística profunda, los opuestos se concilian y apartándose dejan el lugar a un conocimiento directo de lo que, a partir de allí, se vive como la verdad del ser y las cosas.

A esta particular vivencia se la ha llamado también el descenso del Espíritu Santo, plenitud de la Gracia y de otras maneras. Pero la persona que la vive sabe que en su vida se ha formado una línea divisoria, se asiste a una conversión personal e íntima. Ha cambia do la mirada, el modo, las sensaciones, lo que se pretende, lo que se creía ha sido reemplazado por lo que se sabe, a ciencia cierta y de modo indiscutible.

Esta certeza es del interior del alma, surgiendo del Espíritu inunda el ser de uno y como tal no puede explicarse adecuadamente ya que es tan única como cada individuo. Es el modo en que Dios se ha revelado a esa persona particular. Pese a ello, los místicos han tratado de traducir lo vivido para los demás creyentes, intentando con ello acercar a la fe en la existencia de esa experiencia cumbre.

Quien participa de ese estado; quien vive en Cristo con la fuerza del Espíritu Santo, ve al Padre en todas las personas y las cosas. Ya no lucha por ascender o para no caer, se halla situado "en otro lugar". En esta nueva tierra del corazón, que ha sido nombrada también como "la celda interior", la noción de esfuerzo y Gracia se pierden, dejando el lugar a un estarse en la Presencia. Allí, la acción personal, no se vive como desvinculada de la acción de Dios. Los movimientos, emociones y pensamientos, se revelan como formas mediante las cuales El Señor se expresa libremente en el mundo de lo creado.

Aquí, la lucha contra el deseo de la carne pierde vigencia, porque habiéndose encontrado "la perla" y gozando de su belleza continuamente, los que anteriormente parecían placeres apetecibles son vistos ahora, como sombra leve del gozo al que es posible acceder.
Igualmente, la antigua lucha contra el yo o ego que tiende a la vanagloria y a la soberbia desaparece, fundida en la clara conciencia de la inmortalidad del alma y de su unión con Aquél que la engendró.

Para quien ha vivido esta experiencia trascendente, el sentido de la vida humana en el mundo resulta claro. Se siente la necesidad de comunicar a los demás, que sufren la inmanencia del dolor; la real existencia de este Espíritu Santo siempre disponible en el corazón de Cristo.





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